Por Iramis Alonso Porro.

Vacacionaba de seguro la musa de Guy de Maupassant aquel día de 1877 en que el conocido narrador francés decidiera firmar, “en nombre del buen gusto”, una protesta para evitar la construcción del que es hoy símbolo de la capital francesa: la torre Eiffel.

Junto a muchos otros “amantes apasionados de la hasta ahora intacta belleza de París”: escritores, pintores y escultores, Maupassant arremetió contra la obra maestra de la arquitectura metálica. “Pirámide horrorosa y fragmentaria”, la llamaría en una entrevista, para luego anunciar a sus conciudadanos que se veía en la obligación de abandonar Francia, porque allí se encontraba con la imagen de “esa torturante torre Eiffel”.

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