por José Echegaray

Al rededor de dos polos gira la existencia humana,

El polo de las ilusiones.

Y el polo de las realidades.

Y aquí sí que pudiéramos decir, imitando á cierto poeta, que uno de estos polos es el ardiente y otro el helado polo.

¡Qué hermosas son las ilusiones! Sin ellas, la vida sería imposible. Ellas nos animan, ellas nos alientan, ellas nos van guiando, y forman, por decirlo así, la Corte divina que rodea la esperanza.

¡Qué tristes, por lo menos qué áridas son al parecer las realidades! Ellas nos educan, es cierto; pero por el sistema antiguo, golpeándonos; haciendo que entre en nosotros, á fuerza de sangre, la letra de la sabiduría.

Y no solo en lo que pudiéramos llamar la vida social, sino en la misma naturaleza, tropezamos á cada instante con ilusiones y realidades.

No hay fenómeno en el Cosmos que no tenga una apariencia, que para el ser humano es casi siempre una ilusión, y que no lleve dentro de sí una realidad, que es la verdad científica.

El cielo es azul y finge una inmensa bóveda que nos envuelve. ¡Y qué hermosa y qué clara y qué esplendente se nos muestra en las horas del día, y qué techonada de estrellas en las noches tranquilas, y despejadas! Es el cielo, y este nombre la damos. Y con el pensamiento le seguimos prolongando hacia el infinito, cada vez más azul y más espléndido, y más poblado de ángeles y de seres celestiales.

Pues la ciencia nos dice que todo esto es ilusión:

El azul del cielo es un juego de la luz, y más allá del velo celeste sólo existen las negruras sin fin del espacio.

Una ilusión luminosa ocultando las tinieblas de la realidad.

Hermosos son los celajes del Poniente. Cortinajes de grana, flecos espléndidos de oro, mares de fuego, manojos de rayos que se prolongan por la extensión como áureas flechas, matices indescriptibles, tintas que se desvanecen, armonías maravillosas de luz y de color.

Pues la ciencia nos afirma, que todas estas hermosuras son otras tantas ilusiones. Una soberbia mascarada de la óptica. Porque si penetrásemos en esos sublimes celajes, solo encontraríamos, en cuanto faltase el sol, nubarrones obscuros, gotas de agua suspendidas en los aires, nieblas sin color que empaparían nuestro cuerpo miserable.

Y sin ir más lejos, sin abandonar lo que llamamos cielo, sin bajar á la tierra, que es tradicionalmente engañosa y traidora, evocando el próximo y estupendo eclipse total del sol, todavía encontraremos agazapada á la realidad, y con sonrisa burlona, tras las magníficas ilusiones que han sido la admiracion de todo el mundo.